Ayer tuve una conversación con una paciente después de terminar la sesión. Mientras la acompañaba a la puerta me pidió, como otras veces, alguna lectura de referencia sobre el tema del que habíamos hablado en consulta. Me dijo:
«Es que me gusta saber los procesos normales que se viven ante determinadas situaciones… Me gusta saber que no soy rarita, que no estoy enferma, pero que hay explicaciones o conceptos psicológicos o médicos, que fundamentan lo que me pudo pasar. Y no las misterwonderfuladas del tipo: si quiero puedo y si me esfuerzo mucho todo saldrá siempre bien”
Así que hoy me he levantado pensando en ciertas paradojas:
- Somos más exigentes con las relaciones, hablamos con naturalidad de apego, de cómo identificar relaciones tóxicas, pero nos sentimos solos, vacíos y decepcionados, con mucha frecuencia.
- Hay más información sobre nutrición disponible en la red y tenemos una peor relación con la comida.
- Hay más recursos disponibles como clases de yoga, de meditación, retiros de bienestar… Y no sabemos desconectar, parar, estar en silencio, o simplemente no hacer nada.
- Se habla más, y mucho, de salud mental (de hecho, te encuentras referencias del tipo El boom de la salud mental o La salud mental se volvió mainstream…) pero a la vez te encuentras cifras de fuentes como la Organización Mundial de la Salud, que pueden ser alarmantes y que dan titulares como este que se repite desde hace un par de años en la red: «Los problemas de salud mental serán la principal causa de discapacidad en el mundo en 2030«.

Y me he preguntado:
¿Está sirviendo toda la información que recibimos de los medios y las redes sociales?
¿Estamos en el camino correcto para mejorar nuestra salud mental?
Tengo la sensación de que no paramos de buscar la respuesta fuera: información, recursos, tips, claves, directos, reels, etc.
Pero… Y, ¿si la respuesta está dentro?
Quizás hay que detenerse a pensar que la información, las claves y los recursos pueden pasar por la introspección, y que podemos encontrarlos en nuestra historia individual -que es única-, en nuestro propio mapa y recorrido. Quizás debamos simplificar, reducir, apostar por ser menos consumistas (en su amplio espectro). Quizás es importante comprender que se puede estar bien en soledad, que no toda ansiedad es un trastorno, que entender lo que nos ocurre no es igual a “patologizar”. Se trata no solo de aprender sino también de desaprender ciertos patrones.
Y todo esto lo reflexiono en primera persona, porque también soy usuaria de las redes sociales y sigo muchas cuentas, entre ellas de profesionales. Y no pocas veces siento saturación de tanta información disponible, me alerta que se mezcle el ocio (o esa idea de “desconectar haciendo scroll”) con información sobre alimentación, ejercicio físico, psicología, dermatología… mientras palpitan dentro de mí “cosas en las quiero mejorar”; entonces ocurre que quiero desconectar mientras mi dedo índice baja y salta de un lugar a otro en la pantalla, pero a mi cerebro van llegando mensajes y disparadores de malestar, porque conecto con pensamientos del tipo “deberías hacer esto”, “deberías cambiar aquello”, “no tienes esto ni aquello”, “no estás haciendo esto”. En definitiva, conectas con esas autoexigencias que nos imponemos todos de mejorar, de hacer, de cambiar, etc. cuando, seguramente, lo que buscabas de ese ratito que te metiste a tu red social era tranquilidad.

Creo que, entre otras cosas, por eso valoro y amo mi profesión, y por eso aplaudo y admiro a mis pacientes: porque han decidido ir a terapia acompañados y no quedarse solos, removidos en su sofá, detrás de la pantalla, abriendo heridas sin saberlo. Y creo que no es necesario ir a terapia siempre ni por todo, la vida es puro altibajo y eso tenemos que integrarlo, pero si no te encuentras bien, si sientes que te has quedado sin la información que necesitas tú -y solamente tú- o si te sientes perdido, lo aconsejable es, sin duda, buscar ayuda profesional.
Puede pasar que con tanta información te sientas frente a un mar abierto. Y si te sumerges allí puedes hacer un recorrido sin fin, sin límites… pero puede que se te agote pronto el oxígeno, o peor aún, que no sepas por dónde o a dónde volver.
