Llevo más de diez años ejerciendo como psicóloga y si tuviera que elegir una, y sólo una, recomendación a una colega o a un colega que se inicie en esta profesión, para que realmente consiga ayudar a sus pacientes, sería: ¡haz que te importen!
Esto es así: alguien, al otro lado de la ciudad, de la calle o del teléfono, que habla conmigo para venir a consulta, tiene un cuadro de ansiedad o un ataque de pánico, o se está enfrentando a un duelo porque acaba de perder a su madre o a su hijo, o está zambullido en la culpa, o navega en la más profunda soledad, o siente la más grande desesperanza, o está paralizado de miedo, o siente que su matrimonio ha fracasado, o se está enfrentando a una situación de acoso en el trabajo, o es una víctima de maltrato que siente culpa por todo lo que hace… Y de este lado, estoy yo.
Así que me gusta creer que en este trabajo la herramienta soy yo. La mía es una profesión en la que no solo vale ser “bueno” en cuanto a conocimientos, a formación o a buenas notas y aprobados.
Por eso creo que, ante las situaciones que viven los pacientes, cobra una dimensión extraordinaria el vínculo que, como psicóloga, logre crear con ellos. Y esto sólo se produce y es auténtico si verdaderamente nos importan. La formación es indispensable, desde luego, por eso mismo también me parece honesto no atender todos los casos: hay pacientes que yo, a día de hoy, no me siento preparada para atender, porque no tengo ciertos conocimientos.
Tuve un buen profesor, durante la carrera, que decía que el setenta por ciento del éxito de la terapia es el vínculo. Por suerte, no he tenido que repetirme esto como un mantra, porque me sale del corazón ver a mis pacientes, verles con cariño. Me esfuerzo por poner todos los sentidos, toda mi esencia y energía para captar todo lo que me dicen con palabras y con el cuerpo, para notar cómo vienen a cada sesión. Me exijo ofrecerles mi atención plena; soy como una detective siguiendo las pistas.

Claro que es difícil navegar en medio del malestar emocional de mis pacientes. Enfrentarme al sufrimiento del otro me pone siempre a prueba. Procuro acercarme todo lo que pueda a ellos sin causarles más daño, encontrar la medida exacta hasta dónde debo involucrarme. Pero entenderles es también entender mi propia naturaleza humana: enfrentarme a su dolor sólo para ayudarles a que lo enfrenten con la fuerza necesaria para salir de ahí y aprender de él; y aprender yo con ellos. Es agotador, y no siempre lo consigo, pero no dejo de intentarlo porque es increíblemente gratificante.
Empatía, la clave
Empatía parece ser la palabra clave. Y hay técnicas para trabajarla, pero primero tiene que estar la emoción desnuda. Es decir, la empatía como el deseo de escuchar, de ver al otro más allá de sus capas, de sus armaduras y de sus máscaras.
Una vez tuve que enfrentarme a dar un taller a cuidadores de personas con Alzheimer, una enfermedad sobre la que no tenía mucha experiencia ni conocimientos, y por eso dudé en darlo; recuerdo que mi jefa, por aquel entonces, me dijo: “el conocimiento lo irás aprendiendo, pero tienes lo más difícil, lo que no se puede aprender: sabes escuchar, eres empática, no juzgas; y eso es justo lo que las personas que vienen al taller necesitan más que nunca”.
Observar, observar, observar. Estar siempre presente, con el cuerpo y con la mente. Entera. Que no quepan los juicios de valor. Tener como bandera el respeto. Sentir compasión, entendida como esa capacidad que tenemos de conectar con el sufrimiento del otro y sentir deseo de aliviarlo. Preocuparme por que mi paciente tenga la convicción de que estoy preparada para escucharle. Hacer con los pacientes un pacto, una alianza. Eso es la empatía.
Haz que tu paciente te importe, porque lo que más necesitamos todos, especialmente cuando las cosas no van bien, es que nos escuchen y nos vean, que reconozcan nuestras emociones, que nos transmitan confianza y nos sintamos seguros. A partir de ahí, el aprendizaje es posible. Viajar a las profundidades del mundo interior será más sencillo, para el paciente y para el psicólogo. Que el paciente logre encontrar el alivio, las herramientas propias, el camino de regreso, o la nueva ruta hacia el bienestar, sólo es posible si el vínculo se produce, si el paciente importa.
