O sobre cómo entender a los personajes de ficción y no entendernos a nosotros mismos.
Hacemos un esfuerzo tremendo para comprender a nuestros personajes de ficción. Es común, y muy frecuente, que hablemos de los personajes de nuestras series favoritas mientras tomamos un café con nuestros compañeros del trabajo, en una cena con amigos, para empezar a conocer a alguien en el metro de camino a casa, mientras esperamos a los novios en una boda o si estamos solos frente a la tele. Hablamos de ellos, de cómo son, de lo que les ocurre, o creemos que les ocurre, para intentar entenderlos… Si estamos enganchados a la serie, la participación en esa conversación se suele tornar más intensa y muchas veces, incluso más profunda.
Y es que nos encanta tener bien pillados a los personajes de nuestras series. Ser ágiles en detectar cuáles son sus miedos, sus motivaciones, sus emociones más primarias. Nos encanta descifrar lo que los lleva a decir lo que dicen, aunque muchas veces ni siquiera lo piensen. O a prometer algo que jamás llegan a cumplir.
Algunas veces guionistas o escritores juegan con nosotros. Y crean ciertas “trampillas” para que concluyamos una cosa cuando en realidad está pasando otra y añadir así más emoción a la trama.
Me gustó esta entrevista a Brian Cox hablando de su escena favorita en Succesion, en donde hace el papel de Logan.
«Esa es la grandeza de la escritura de Jesse (Armstrong, creador de la serie), cuando te haces una idea falsa de lo que alguien es y, entonces, como miembro de la audiencia, tienes que pararte y pensar», comenta el actor.

Y es verdad que todos, guionistas, escritores, creadores de personajes… buscan la verosimilitud y, como si de un edificio se tratara, construyen a sus personajes en base a características psicológicas, comportamientos y reacciones, además de un contexto que les alimente. Todo ello para que podamos empatizar con los personajes, para que podamos reconocernos en ellos. Hacen grandes maniobras para dotarlos de una identidad creíble y nosotros hacemos grandes maniobras para comprenderla. Por eso no nos gustan los tópicos: no nos gustan los personajes demasiado buenos o demasiado malos. Por eso nos gusta conocer su pasado, sus afectos, sus desamores, sus motivaciones primarias… en definitiva, su historia, para hacernos una idea potente de cómo son en realidad y para comprender por qué actúan como actúan. Y así cada noche. Y así en una conversación y en otra.
En la ficción todo bien pero y… ¿lo de mirarnos a nosotros?
Es sorprendente cómo este ejercicio que hacemos con los personajes de ficción, que pasa por la reflexión propia y el diálogo con otros, no suele ser así de natural ni mucho menos “motivante” cuando nos miramos al espejo. La balanza se desequilibra cuando se trata de mirarnos a nosotros mismos y entender nuestra propia complejidad.
Muchas veces les digo a mis pacientes que esto de entendernos es, en realidad, como el ejercicio que hacen con sus personajes de ficción. La diferencia es que buceamos dentro de nosotros mismos, navegamos en nuestra propia trama. Cuesta más, porque estamos dentro y no podemos ver con la misma distancia, pero el camino es parecido. El viaje que hacemos cada noche en la tele, es el viaje que podemos hacer en psicoterapia: identificando, analizando, concluyendo. Los resultados serán mucho mejores, porque conseguiremos las claves para seguir construyendo -sanando, mejorando y disfrutando- nuestra propia historia.
